Por Jerónimo Restrepo Castaño. Estudiante de Ciencia Política, Gobierno y Relaciones Internacionales
La llegada de Armando Benedetti a la Casa de Nariño, la salida de Luis Gilberto Murillo y el nombramiento de Laura Sarabia como Canciller, el intercambio de tweets por los migrantes deportados entre los presidentes de Colombia y EE. UU., el televisado consejo de ministros, y el cuarto remezón ministerial nos deja mucho que desear como sociedad, más aún cuando la hiperconectividad permite conocer en minutos lo que pasa a nivel mundial y es muy poco a lo que no se le da trascendencia.
Por ello, pensar en que hay niños en el poder no es descabellado: ¿en qué momento la diplomacia pasó a manejarse por redes sociales? ¿Por qué entregar ministerios a dedo cuando existen miles de personas con formación diplomática? ¿Hasta qué punto llega la necesidad de legitimación del Gobierno que incluso temas de seguridad nacional se debaten en televisión abierta?
Puede ser traído a colación el debate en torno a que todo esto se ha tratado de estrategias, lo cual también requiere un análisis más riguroso. No es posible que reformas importantes para el Gobierno que no lograron pasar en el Congreso desde 2022, sean descuidadas por sus ministros cuando el tiempo juega muy en contra, pues queda poco más de un año de este periodo. Tampoco es concebible que quien ejerce la jefatura de Estado y Gobierno, sin tener su casa en orden, esté viajando a los Emiratos dejando un caos que solo puede trabajar él y delegando a un ministro del interior que ni siquiera se ha nombrado. Ni nos hemos preguntado cuál era la intención del Presidente en ordenar un Consejo de Ministros televisado para tratar la situación en la zona del Catatumbo, el cual terminó obteniendo un rumbo completamente distinto, el de relucir opiniones personales de quienes conforman el gabinete.
Esto para referirnos a que esas estrategias de una élite dinástica de partidos, tanto de oposición como de gobierno, no puede seguir en esa tónica de polarización, pues perpetúan ese discurso de estar permanentemente en quién va a responder con más vehemencia lo que el otro hizo o dejó de hacer. Ello agregado a que nos encontramos en vísperas de elecciones a presidencia y muchos personajes que se quieren presentar como “salvadores de la patria”, paradójicamente, con un discurso convencedor, tienen siempre la solución en sus manos.
La política colombiana enfrenta un desgaste profundo por la polarización y porque la estrategia a usar parece haberse reducido a la improvisación y el espectáculo, pues más que gobernar con planificación y visión de Estado, quienes ostentan el poder recurren a maniobras mediáticas que, lejos de fortalecer las instituciones, las debilitan. El problema es la falta de experiencia y preparación de quienes ocupan cargos clave, además de la ligereza con la que se toman decisiones fundamentales para el país, porque si la diplomacia se maneja por tweets, los ministerios se reparten como favores y los debates estratégicos se reducen a montajes televisivos, entonces, ¿qué queda de la política como herramienta de transformación?
Estamos a pocos años de una nueva contienda presidencial y el riesgo es claro: si seguimos votando con base en la indignación o en contra de alguien más, en lugar de exigir proyectos de país, caeremos en el mismo círculo vicioso.
En 2026, más que nunca, debemos preguntarnos: ¿estamos eligiendo líderes con visión o simplemente permitiendo que la política siga en manos de quienes gobiernan con la impulsividad de un niño?
