La historia de Colombia en los Juegos Olímpicos

Todo empezó como un anhelo en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam de 1928. Jorge Perry Villate, un joven maratonista de piel tostada por el sol y pelo rojizo de apenas 18 años, intentó participar en esas justas, pero Colombia no cumplía con los requisitos, tenía que existir un comité olímpico nacional afiliado al Comité Olímpico Internacional (COI), razón por la cual no se le permitió competir. Nada le hizo bajar los brazos, se propuso como meta estar en los que se iban a realizar cuatro años más tarde, en Los Ángeles 1932.

Un mes después le llegó la respuesta del COI, con nervios y pocas expectativas la abrió, la sorpresa fue grande: no solo aceptaban su solicitud, sino que, además, para que se preparara adecuadamente le ofrecían alojamiento y alimentación durante los cuatro meses previos a los juegos. A comienzos de marzo pudo viajar a Estados Unidos, a pesar de algunos obstáculos que aparecieron en el camino, y comenzó una aventura que lo consagraría como el pionero de las participaciones olímpicas.

Cuatro años más tarde, en los Juegos Olímpicos de Berlín, aquellos en los que brilló Jesse Owens, Colombia hizo su debut oficial con Hernando Navarrete, Pedro Emilio Torres, Hugo Acosta, Pedro del Vechio, José Domingo Sánchez y Campo Elías Gutiérrez. Todos elegidos por los chequeos realizados por el Comité de Atletismo de Cundinamarca. Desde entonces, el país ha participado en cada una de las ediciones de los juegos, a excepción de Helsinki 1952, debido a que por las divisiones que se vivían en el país, el entonces presidente del Comité Olímpico Colombiano no logró conseguir los recursos para el viaje de la delegación.

Primera medalla

Aunque Colombia participó en los Juegos Olímpicos desde 1932, necesitó de 40 años para subirse al podio. Durante ese lapso las presentaciones de figuras como Emiliano Camargo, en Londres 1948, quien llegó hasta semifinales en esgrima; Mario Vanegas, quien llegó a cuartos de final en la prueba de velocidad pura en ciclismo de pista, en Roma 1960; Pedro Grajales, quien llegó también a cuartos en los 400 metros planos en Tokio 1964 y Martín Emilio Cochise Rodríguez, quien terminó con el noveno mejor tiempo en los 4.000 metros persecución, en México 1968 fueron las que llevaron al orgullo nacional a su máxima expresión.

Sin embargo, en Múnich 1972 fue cuando los atletas colombianos empezaron a seducir el podio olímpico. El viernes 1 de septiembre de ese año estará descrito en los libros de la historia del deporte como el «Día D», la fecha en la que después de 40 años el tricolor nacional hondeaba entre los tres mejores de una competencia y se logró con la figura de Helmut Bellingrodt, en un deporte que ya había hechos sus pinos en estas justas para el país.

En la prueba de blanco móvil 10 metros, en la modalidad del jabalí, el colombiano alcanzó los 565 puntos, cuatro menos que el soviético Lakov Shelezniak, ganador de la medalla de oro, y tres más que el inglés Jhon Kinoch, quien se quedó con la medalla de bronce. Bellingrodt se subió al segundo escalón del podio. Fue un día de emociones, de alegrías, inolvidable para el deporte olímpico nacional. Pero no sería el único en esas justas ya que siete días después Clemente Rojas se colgó el bronce en la categoría 54-57 kilogramos, en boxeo y, posteriormente, lo haría el pugilista Alfonso Pérez en la división 57-60 kilogramos.

Ese fue el punto de partida de las 29 medallas que hoy por hoy tiene Colombia en la historia de los Juegos Olímpicos: Bellingrodt se consagró de nuevo en Los Ángeles 1984; el boxeo, esta vez en los puños de Jorge Julio Rocha, volvió al podio en Seúl 1988; Ximena Restrepo hizo que el país contuviera la respiración por 49.64 segundos mientras ella corría los 400 metros planos, en Barcelona 1992, donde también se subió al tercer escalón del podio.

Un oro esquivo

Sin embargo, aunque hubo momentos de sonrisas y mucha felicidad el oro seguía siendo esquivo para el país. Para los Juegos Olímpicos de Sídney, Colombia llegaba en su historia con dos preseas de plata y cuatro de bronce y con el peso adicional de no haber sumado ninguna, cuatro años atrás, en Atlanta. Los ojos se enfocaban en el levantamiento de pesas, que un año atrás en los Juegos Panamericanos de Winnipeg (Canadá), había sido la sensación con tres medallas de oro, cinco de plata y tres de bronce.  

Pero pocos imaginaron que el miércoles 20 de septiembre del 2000 la figura de María Isabel Urrutia en la categoría 69-75 kilogramos de levantamiento de pesas, sería uno de los días que el deporte nacional iba a recordar en toda su historia. Urrutia ganó la medalla de oro gracias a su peso corporal, que era menor al de la nigeriana Ruth Ogbeifo y la china Yi Hang Kuo, quienes terminaron alzando el mismo peso que la colombiana.

La fuerza, persistencia y coraje de María Isabel Urrutia la llevaron a levantar 110 kg en el arranque, en su último intento, y 135 kg en el envión, para un total de 245 kg. Sonrisas, abrazos, lágrimas. El sueño olímpico se había hecho realidad. Por fin en el cuello de un atleta colombiano resplandecía la presea dorada, ese color que se asemeja al amarillo de la bandera y que hizo que la alegría inundara a todo un país. Un oro anhelado, sublime, majestuoso.

Desde ese primer lugar en Sídney 2000, Colombia no se ha bajado del podio en los Juegos Olímpicos, siempre hay un atleta que sorprende, maravilla y hace que Colombia se sienta orgullosa. Otras veces, son las mismas figuras las que logran validar su favoritismo, de esta manera los nombres de María Luisa Calle, Mabel Mosquera, en Atenas 2004; Diego Salazar, Jackeline Rentería, en Beijing 2008; Mariana Pajón, Caterine Ibargüen, Rigoberto Urán, Óscar Figueroa, Yuri Alvear, Carlos Oquendo, Yuberjen Martínez, Ingrit Valencia y Carlos Ramírez, en Londres 2012 y Rio de Janeiro 2016, también hicieron vibrar al país de emoción por sus logros.

Así mismo, Leidy Solís, Ubaldina Valoyes y Luis Mosquera, quienes se quedaron a un paso del podio en competencia, pero que por resultados adversos de sus contrincantes y descalificación recibieron las medallas que también enorgullecieron a toda Colombia. Con esta historia a cuestas llega la delegación nacional a Tokio 2020, con el objetivo de seguir sumando medallas y, sobre todo, para enseñarles a grandes y chicos los grandes valores que tiene el deporte y que gracias a ellos se puede llegar lejos para seguir haciendo del país una Colombia tierra de atletas.      

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